Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma

Domingo, 26 Abril, 2009 - Reynosa, Tamaulipas MEX - 50 minutos


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Rev. William Soto Santiago, Ph.D.
Domingo, 26 de abril de 2009
Reynosa, Tamaulipas, México

Muy buenas noches, amables amigos y hermanos presentes y los que están a través del canal WSS, del satélite Amazonas o de internet en diferentes naciones. Que las bendiciones de Cristo, el Ángel del Pacto, sean sobre cada uno de ustedes.
Para esta ocasión les quiero expresar mi agradecimiento y aprecio por todo lo que están haciendo por La gran Carpa-Catedral, que está siendo construida en Puerto Rico; y también por el respaldo que le han estado dando a AMISRAEL.
Para esta ocasión, leemos en el Génesis, capítulo 32, versos 24, en adelante. Esta fue la experiencia que tuvo Jacob, en donde recibió el cambio de nombre, le fue cambiado el nombre de Jacob por Israel. Dice, Génesis, capítulo 32, versos 24, en adelante:
“Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba.
Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba.
Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices.
Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob.
Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.
Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Declárame ahora tu nombre. Y el varón respondió: ¿Por qué me preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí.
Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma.
Y cuando había pasado Peniel, le salió el sol; y cojeaba de su cadera.
Por esto no comen los hijos de Israel, hasta hoy día, del tendón que se contrajo, el cual está en el encaje del muslo; porque tocó a Jacob este sitio de su muslo en el tendón que se contrajo.”
Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra, y nos permita entenderla.
“VI A DIOS CARA A CARA Y FUE LIBRADA MI ALMA,” dijo Jacob.
Cuando comparamos esa Escritura con las demás Escrituras que hay en el Antigo Testamento, podemos ver que no solamente Jacob dice que vio a Dios cara a cara, sino que encontramos el caso también de Manoa, el cual, luego de ver al Ángel de Dios, al Ángel de Jehová, y el Ángel decirle, hablarle acerca del hijo que iban a tener, el cual ya sabemos que fue Sansón, luego Manoa, cuando ve al Ángel que sube por la llama de fuego de la ofrenda, del holocausto que había ofrecido a Dios, entonces Manoa supo que era el Ángel de Dios, el Ángel de Jehová. Dice:
“Y el ángel de Jehová no volvió a aparecer a Manoa ni a su mujer. Entonces conoció Manoa que era el ángel de Jehová.
Y dijo Manoa a su mujer: Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto.” [Jueces 13:21-22].
Ahora, la pregunta es: ¿Por qué estas personas dicen que vieron a Dios cara a cara, y pensaban que iban a morir? Porque Dios le dijo a Moisés: “No me verá hombre y vivirá.” Pero el mismo Moisés, encontramos que dice la Escritura, le dice Dios a Aarón y también a Miriam o María, la hermana de Moisés, que Dios hablaba con él cara a cara. Dice:
“Entonces Jehová descendió en la columna de la nube (Números, capítulo 12, versos 5 en adelante), y se puso a la puerta del tabernáculo, y llamó a Aarón y a María; y salieron ambos.
Y él les dijo: Oíd ahora mis palabras. Cuando haya entre vosotros profeta de Jehová, le apareceré en visión, en sueños hablaré con él.
No así a mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi casa.
Cara a cara hablaré con él, y claramente, y no por figuras; y verá la apariencia de Jehová.”
Aquí, podemos ver que Dios mismo dice que Él hablaba con Moisés cara a cara, y que Dios le mostraba Su apariencia. También en el capítulo 33, del Éxodo, versos 10 al 11, dice:
“Y viendo todo el pueblo la columna de nube que estaba a la puerta del tabernáculo, se levantaba cada uno a la puerta de su tienda y adoraba.
Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero...”
Ahora, vean la experiencia de Moisés con Dios, se encontraba con Dios, hablaba con Dios cara a cara.
Y ahora, con todo y eso miren lo que el nuevo Testamento dice, capítulo 1, de San Juan, verso 18 (de San Juan),dice:
“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.”
Entonces, lo que todos estaban viendo era nada menos que al Hijo unigénito de Dios, que es Cristo, en Su cuerpo angelical allá en el Antiguo Testamento. Ese Ángel del Pacto que aparecía a Moisés y a otros profetas, y no solamente a Moisés, sino a Abraham también, le apareció a Jacob también; era nada menos que Cristo en Su Cuerpo angelical; porque Cristo es el Ángel del Pacto, y por eso vino a la Tierra para establecer un nuevo Pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá, conforme a Jeremías, capítulo 31, versos 31 al 36.
Y en la última cena con Sus discípulos, encontramos que allí, en la víspera de la Pascua, Él tomó la... cenó con ellos y luego partió el pan y dio a Sus discípulos y dijo: “Comed, esto es mi cuerpo.” Y luego, tomando la copa de vino y dando gracias al Padre, dice que dio a Sus discípulos y dijo: “Tomad de ella todos, porque esta es mi sangre del nuevo Pacto que por muchos es derramada para remisión de los pecados.” (San Mateo, capítulo 26, versos 26 al 29).
Ahora, ahí Cristo está hablando de un nuevo Pacto que Dios prometió establecer con Su pueblo.
Y ahora, Cristo viene a establecer ese nuevo Pacto; porque Cristo es el Ángel del Pacto que le dio al pueblo hebreo la Ley allá, en el monte Sinaí. En palabras más claras Dios por medio de Cristo; por eso es que la Escritura dice en el libro de Los Hechos, capítulo 7, y también en el libro o cartas a los Hebreos, capítulo 2, que la Ley fue dada al pueblo hebreo por comisión de ángeles.
Y ahora, ¿quién entonces es Cristo? Cristo es el personaje más importante que hemos visto a través de la Escritura, a través de la Biblia. Vean, Jesucristo en Su Cuerpo angelical, es esta persona que aparece aquí. Dice, capítulo 23, versos 20 al 23, del libro del Éxodo, vamos a ver como nos dice aquí:
“He aquí yo envío mi Ángel delante de ti para que te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado.
Guárdate delante de él, y oye su voz; no le seas rebelde; porque él no perdonará vuestra rebelión, porque mi nombre está en él.
Pero si en verdad oyeres su voz e hicieres todo lo que yo te dijere, seré enemigo de tus enemigos, y afligiré a los que te afligieren.”
Este Ángel que Dios envía delante del pueblo para llevarlos a la tierra prometida, es nada menos que Cristo en Su cuerpo angelical; por esa causa el Nombre de Dios está en este Ángel, este Ángel del Pacto, que es Cristo en Su cuerpo angelical. Él es el Verbo que era con Dios y era Dios, por medio del cual Dios creó todas las cosas.
Miren, aquí en el libro o carta de San Pablo a los Hebreos, nos dice San Pablo, conocedor de este misterio de quién es Cristo, dice, capítulo 1, verso 1 al 3, de su carta a los Hebreos:
“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas,
en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo (fue por medio de Su Hijo, Jesucristo estando en Su cuerpo angelical que Dios creó el Universo)
el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia (¿cuál es la imagen de Dios? Cristo en Su cuerpo angelical, o sea, el cuerpo angelical de Cristo), y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.”
Y Cristo ya con Su cuerpo de carne, siendo Él el Verbo que se hizo carne conforme a San Juan, capítulo 1, verso 10, que dice: “Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros.” El Verbo, el Ángel del Pacto, Cristo el cual libertó al pueblo hebreo, o Dios por medio de Él libertó al pueblo hebreo, ahora se hizo carne y vino a ser un hombre en esta dimensión terrenal.
Por eso es que vean ustedes aquí, lo que el mismo Cristo dice a los judíos de aquel entonces que hablaban con Él. Dice en el capítulo 8, versos 56 al 58 de San Juan:
“Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.
Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?
Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.”
¿Cómo era Jesucristo antes de Abraham? Era el Ángel del Pacto, el Ángel de Dios, a través del cual Dios aparecía a los profetas del Antiguo Testamento; y por esa causa es que la Venida del Mesías prometida en el Antiguo Testamento, es la Venida del Ángel del Pacto, la Venida del Señor, de Dios el Padre y del Ángel del Pacto, o sea, de Dios el Padre en Su cuerpo angelical, que es el cuerpo angelical de Cristo haciéndose luego carne, o sea, creándose un velo de carne, un cuerpo de carne en el vientre de la virgen María.
Por eso, vean la profecía de la Venida del Mesías y de la venida del precusor del Mesías, que fue Juan el Bautista, dice capítulo 3, de Malaquías:
“He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí;
y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos.”
La Venida del Mesías, la Venida del Señor está prometida aquí, pero para preparar al pueblo para la Venida del Mesías, dice que enviará Su mensajero, o sea, el precusor de la primera Venida de Cristo que fue Juan el Bautista. “Y entonces vendrá el Señor (o sea, Dios, y ése es al cual el pueblo hebreo buscaba: al Señor) y el Ángel del Pacto,” que es el cuerpo angelical de Dios, el cuerpo teofánico de Dios, que es Cristo en Su cuerpo angelical.
Por eso es que se enseña que Cristo es el Ángel del Pacto, y por eso es que viene en carne humana, para establecer un nuevo Pacto con Su pueblo; y por eso es que Cristo dice en el capítulo 5, verso 43, de San Juan: “Yo he venido en nombre de mi Padre.” Él viene en el Nombre de Su Padre; porque el Nombre de Dios, el Nombre del Padre, está en Cristo en Su cuerpo angelical, y luego está en Cristo en Su cuerpo de carne.
Y ahora, podemos ver el misterio del Ángel del Pacto, que es el cuerpo angelical de Dios, el cual es Jesucristo en Su cuerpo angelical, y podemos ver el misterio del cuerpo de Carne de Jesús. En Jesús estaba Dios el Padre y estaba el Espíritu Santo, que es el Ángel del Pacto, es el Ángel de Jehová que libertó al pueblo hebreo.
Y ahora, cuando encontramos en el Nuevo Testamento a Jesucristo diciendo: “El Padre que mora en mí, Él hace las obras.” Encontramos también que Él dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido.” Cuando Juan el Bautista bautizó a Jesús, el Espíritu Santo dice la Escritura que reposó sobre Jesús.
Por lo tanto, tenemos en la persona de Jesucristo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. La primera ocasión en que Dios con Su cuerpo propio, angelical y con Su cuerpo propio de carne que Él creó, aparece manifestado en medio de la raza humana; por eso la promesa de la Venida del Mesías, en Isaías, capítulo 7, verso 14, dice: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel,” que traducido es: Dios con nosotros, Dios visitando a Su pueblo en carne humana, en un cuerpo de carne.
Por eso Jesús decía: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” San Juan, capítulo 14, verso 6, en adelante. Y también Él decía en San Juan, capítulo 10, verso 30: “El Padre y yo una cosa somos.” Es sencillo para comprender esas palabras de Jesucristo.
Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo; así como el ser humano es alma, espíritu y cuerpo. Dios creó al ser humano a Su imagen y semejanza, y por consiguiente lo que se parece a Dios es el ser humano, es la corona de la creación de Dios. El ser humano es trino: alma, espíritu y cuerpo; porque Dios es trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y todo esto lo encontramos en la persona de Jesucristo, así como encontramos en cada uno de ustedes y en mí también, alma, espíritu y cuerpo.
Por lo tanto, este misterio de Dios el Padre y de Cristo, del cual San Pablo dice que es importante que conozcamos, aquí en Colosenses, capítulo 2, veros 2 al 3, cuando dice:
“Para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo,
en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.”
Y así como conocemos el misterio que hay en nosotros que somos alma, espíritu y cuerpo, también necesitamos conocer el misterio que hay en nosotros que somos: alma, espíritu y cuerpo, también necesitamos conocer el misterio de Dios el Padre y de Cristo. El Ángel del Pacto es el cuerpo angelical de Dios, la imagen del Dios viviente y el cuerpo físico de Cristo es la semejanza física de Dios.
Por lo tanto, en la persona de Jesús, tenemos a Dios el Padre, obrando haciendo aquellos milagros que fueron hechos, y tenemos al Espíritu Santo, o sea, al cuerpo angelical. Es muy sencillo todo este misterio cuando lo vemos a través de la Escritura.
Y ahora, todas estas personas que dijeron que vieron a Dios cara a cara, ¿qué fue lo que vieron? El Cuerpo angelical de Dios, llamado el Ángel del Pacto, el Ángel de Jehová. Y en palabras más claras vieron a Jesucristo en Su cuerpo angelical; por eso Jesucristo es la persona más grande y más importante que ha pisado este planeta Tierra, por eso Él podía decir: “Antes que Abraham fuese, yo soy.” ¿Cómo era Él? Era el Ángel del Pacto, el Ángel de Dios, el cuerpo angelical de Dios a través del cual Dios aparecía a Abraham, a Isaac, a Jacob, a Moisés, a los diferentes profetas, a Manoa y también a otros, como Gedeón que le apareció, y dice que fue un varón el que le apareció a Manoa y habló con Manoa; porque el Ángel del Pacto, el Ángel de Dios, que es Cristo en Su cuerpo angelical, es un hombre de otra dimensión, ese es el Espíritu Santo, un espíritu es un cuerpo de otra dimensión.
“Dios hace a Sus ángeles espíritus y a Sus ministros llama de fuego.” Dice San Pablo, en Hebreos, capítulo 1, versos 5 al 7. Y también dice que: “Dios envía ángeles ministradores a los herederos de salvación.” (Hebreos, capítulo 1, verso 14).
Por lo tanto, todos los que dijeron que habían visto a Dios, luego en San Juan, capítulo 1 , verso 18:
“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo (ése es el Ángel del Pacto, Cristo en Su cuerpo angelical)... el unigénito Hijo que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.”
Los que las personas vieron fue a Cristo el Ángel del Pacto, en el cual estaba Dios; porque es el Cuerpo angelical de Dios, ese Ángel de Jehová, ese Ángel del Pacto; y el cuerpo físico de Jesucristo es la semejanza física de Dios.
Por eso Jesucristo decía: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre.” Es como usted y yo que nos vemos y decimos: “Vi a fulano de tal, en tal lugar.” Y podemos decir: “Nos estamos viendo los unos a los otros.” Y también cuando nos despedimos, algunas veces decimos: “Te veré luego, te veré en otra ocasión, o nos vemos luego.” Pero usted también puede decir o la otra persona: “A mí tú nunca me has visto.” Y la otra persona decir: “Pero si te estoy viendo.” Lo que usted está viendo es el velo de carne, el cuerpo de carne; pero la persona es alma viviente, está dentro de ese cuerpo de carne con el espíritu y el espíritu de la persona es un cuerpo, pero de otra dimensión; y el cuerpo físico es un cuerpo de esta dimensión terrenal; porque el ser humano es alma, espíritu y cuerpo.
Lo importante del ser humano es el alma, eso es lo que en realidad es la persona; por eso es que Cristo hablando acerca del alma de la persona nos dice, en San Mateo, capítulo 16, vamos a ver, y también en San Marcos, vamos a leer: San Mateo, capítulo 16, nos dice, verso 24, en adelante:
“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.
Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.
Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?
Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.”
“A cada uno conforme a sus obras.” Esto está en San Mateo, capítulo 16, versos 24 al 27. Y también en San Marcos, hablándonos de esto mismo, y noten ustedes que dice: “¿De qué le vale al hombre si ganare todo el mundo y perdiere, ¿qué? Su alma.” Porque lo que es la persona, en realidad es alma viviente. En San Marcos, capítulo 8, versos 36, en adelante, dice:
“Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?
¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?
Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.”
Y ahora, hemos visto que la importancia mayor la tiene el alma de la persona, porque es lo que en realidad es la persona: alma viviente; el espíritu de la persona es un cuerpo espiritual, un cuerpo de otra dimensión, y el cuerpo físico es un cuerpo de esta dimensión terrenal. Por eso cuando el creyente en Cristo muere, lo que muere es su cuerpo físico, pero la persona sigue viviendo en el cuerpo angelical en otra dimensión, va al Paraíso donde están los apóstoles y donde están los creyentes en Cristo de tiempos pasados, y donde están algunos de los nuestros, de nuestro tiempo que han partido con Cristo.
Ahora, viendo que lo más importante es el alma de la persona; por eso se habla: “Dale tu corazón, tu alma a Cristo.” Es acá, en lo profundo de nuestra alma donde la persona cree a Dios, la fe esta ahí, en el alma. El ser humano tiene libre albedrío para creer o para dudar, para ser un creyente o para ser un incrédulo a Dios.
Por lo tanto, el alma es la que tiene esa virtud, ese poder, ese canal para creer en Dios o no creer en Dios, tiene el libre albedrío. Por eso es que el llamado a través del Evangelio de Cristo es individual, por eso cuando Cristo ordenó a Sus discípulos ir por todo el mundo predicando el Evangelio, dijo:
“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.
El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” [San Marcos 3:16-17].
Es individual, cada persona cree por sí mismo o duda por sí mismo, y cada persona responderá a Dios como individuo. Por eso es que también dice la Escritura: “El alma que pecare, esa morirá.” Todos queremos vivir eternamente. Si nuestro cuerpo terreno se deshiciese, dice San Pablo, tenemos uno no hecho de manos, un edificio en los Cielos, o sea, otro cuerpo.
En la resurrección de los muertos en Cristo, Él le va a dar a los creyentes en Él que han muerto un nuevo cuerpo eterno, inmortal y glorificado, como Su propio cuerpo glorificado, el cual es eterno y el cual está tan joven como cuando subió al Cielo; y así será el cuerpo que Él le dará a todos los creyentes en Él que han muerto, cuando Él los resucite para vivir físicamente eternamente, y ser un cuerpo joven para toda la eternidad; y a los que estén vivos, creyentes en Cristo nacidos de nuevo los transformará; y entonces todos seremos físicamente inmortales y jóvenes para toda la eternidad.
Esas son las promesas divinas para todos los creyentes en Cristo, para todos aquellos que escuchan la Palabra de Dios, el Evangelio de Cristo, y nace la fe de Cristo en su alma, y lo reciben como su único y suficiente salvador y son bautizados en agua en Su Nombre y Cristo los bautiza con Espíritu Santo y Fuego, y produce en esas personas el nuevo nacimiento, y así nacen a la Vida eterna en el Reino eterno de Cristo nuestro Salvador.
Por eso fue que Nicodemo en el capítulo 3 de San Juan, Cristo le dice: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar, no entrará en el Reino de Dios.” Nacer del agua es nacer de la Palabra de Dios, del Evangelio de Cristo, y nacer del Espíritu es nacer del Espíritu Santo, recibir el Espíritu Santo.
Por lo tanto, todos necesitamos a Cristo para que nos perdone y con Su Sangre nos limpie de todo pecado, seamos bautizados en agua en Su Nombre, y Él nos bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en nosotros el nuevo nacimiento, y así entremos al nuevo Pacto con Cristo, y por consiguiente vivamos eternamente con Él en Su Reino.
Yo escuché la predicación de Su Evangelio y nació Su fe en mi corazón, en mi alma y lo recibí como mi único y suficiente Salvador; fui bautizado en agua en Su Nombre, y Él me bautizó con Espíritu Santo y Fuego, y produjo en mí el nuevo nacimiento, y así fue como yo entré al Reino de Dios, al Reino de Cristo.
Y ahora, tengo asegurado mi futuro eterno con Cristo en Su Reino eterno, ¿y quién más? Cada uno de ustedes también. Si hay alguno que todavía no ha recibido a Cristo como Salvador, lo puede hacer en estos momentos y estaremos orando por usted, para lo cual puede pasar acá al frente para orar por usted en estos momentos, para que Cristo le reciba en Su Reino, le perdone y con Su Sangre le limpie de todo pecado, sea bautizado en agua en Su Nombre y Cristo le bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en usted el nuevo nacimiento.
En la vida hacemos muchas decisiones importantes, pero hay una que es la más importante de todas, la cual nos coloca en la Vida eterna, la cual nos coloca en el Reino eterno de nuestro amado Señor Jesucristo, y esa decisión es recibir a Cristo como nuestro único y suficiente Salvador. No hay otra decisión en la vida del ser humano que lo coloque en la Vida eterna.
Es importante para todo ser humano comprender que hay una Vida eterna y que tenemos la oportunidad de recibir esa Vida eterna a través de Cristo nuestro Salvador. Él dijo: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (San Juan, capítulo 14, verso 6).
Y también Él dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá, y todo aquel que vive y cree en mí no morirá eternamente, no morirá para siempre.” Eso está en San Juan, capítulo 11, versos 25 al 27, cuando Cristo fue a resucitar a Lázaro que estaba sepultado en una cueva.
Y ahora, hemos visto que estamos en este planeta Tierra con un Propósito divino: para que escuchemos la predicación del Evangelio de Cristo, lo recibamos como nuestro Salvador, al nacer la fe de Cristo en nuestra alma, y obtengamos la Salvación y Vida eterna. El mismo Cristo en San Lucas, capítulo 19, verso 10, dijo: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” O sea, que vino a buscarme a mí, ¿y a quién más? A cada uno de ustedes también, y a salvarme a mí, ¿Y a quién más? A cada uno de ustedes también; ese fue el propósito de la Venida de Cristo a este planeta Tierra y fue la expresión máxima del amor Dios hacia el ser humano.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (San Juan, capítulo 3, verso 16).
Porque no es la voluntad de nuestro Padre celestial, de Dios, que se pierda uno de ustedes, la voluntad de Dios es que vivamos eternamente en Su Reino. Por esa causa envió a Jesucristo, el cual murió por nosotros en la Cruz del Calvario, como el Sacrifico de Expiación por nuestros pecados.
Todavía pueden continuar viniendo a los Pies de Cristo, los que están presentes; y los niños de 10 años en adelante también; y los que están a través del satélite Amazonas, a través del canal WSS y también los que están a través de internet en diferentes naciones. Pueden también continuar viniendo a los Pies de Cristo todos los que están en otras naciones, para que Cristo les reciba en Su Reino.
Vamos a estar puestos en pie para orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo, si falta alguno por venir, puede venir, puede pasar al frente para que quede incluido en esta oración que estaremos haciendo por los que están viniendo a los Pies de Cristo; así también en las demás naciones pueden continuar viniendo a los Pies de Cristo.
Algunas veces hay personas tímidas y les da vergüenza de venir, de pasar al frente para recibir a Cristo dando testimonio de su fe en Cristo; pero Cristo dijo: “El que se avergonzare de mí, yo me avergonzaré de él delante de mi Padre que está en los Cielos.” Y Él dice: “El que me confesare delante de los hombres, yo le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Mas el que me negare delante de los hombres, yo le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.” (San Mateo, capítulo 10, verso 32 al 33).
No queremos que Cristo nos niegue delante del Padre celestial, queremos que Cristo nos confiese delante del Padre, delante de Dios para que nos dé la entrada a Su Reino eterno para vivir eternamente con Él en Su Reino. Vamos ya a orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo, con nuestras manos levantadas al Cielo y nuestros ojos cerrados; los que han venido a los Pies de Cristo repitan conmigo esta oración que estaremos haciendo.
Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi corazón; creo en Ti, creo en Tu primera Venida, creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el Cielo dado a los hombres en que podemos ser salvos, creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por mis pecados y por los de todo ser humano; reconozco que soy pecador y necesito un Salvador, un Redentor. Doy testimonio público de mi fe en Ti y Te recibo como mi único y suficiente Salvador, Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y me bautices con Espíritu Santo y Fuego, luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre y sea producido en mí el nuevo nacimiento.
Señor, me rindo a Ti en alma, espíritu y cuerpo. Sálvame, Señor, Te lo ruego en Tu Nombre eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén.
Y con nuestras manos levantadas al Cielo, a Cristo, todos decimos: ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! Amén.
Cristo les ha recibido en Su Reino, ha perdonado vuestros pecados y con Su Sangre les ha limpiado de todo pecado, porque ustedes lo han recibido como vuestro único y suficiente Salvador. Él dijo:
“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.
El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” [San Marcos 16:15-16].
Ustedes me dirán: “Yo escuche el Evangelio de Cristo siendo predicado y creí y lo recibí como mi Salvador; ahora quiero ser bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo. “¿Cuándo me pueden bautizar?” Es la pregunta de ustedes; por cuanto ustedes han creído en Cristo y lo han recibido como Salvador, bien pueden ser bautizados. Y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento.
Y ahora, pregunto al ministro si hay agua, ¿hay bautisterios? ¿Hay ropas bautismales? Hay ropas bautismales también, ¿y hay ministros, personas que les ayudarán y ministros que le bautizarán? También hay ministros que les bautizarán. Por lo tanto, bien pueden ser bautizados. Y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento; y nos continuaremos viendo por toda la eternidad en el glorioso Reino de nuestro amado Señor Jesucristo.
Dejo al ministro reverendo David Palacios, para que les indique a ustedes hacia donde dirigirse para colocarse las ropas bautismales y ser bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo. Y a los que están a través del satélite Amazonas o de internet, dejo al ministro correspondiente en cada nación, en cada país, para que haga en la misma forma que hará el reverendo David Palacios aquí en este lugar.
Que Dios les continúe bendiciendo a todos y continúen pasando una tarde o una noche llena de las bendiciones de Jesucristo nuestro Salvador.
“VI A DIOS CARA A CARA Y FUE LIBRADA MI ALMA.”