He aquí ahora el día de Salvación
Lunes, 25 Mayo, 2009 - Bogotá COL - 1 hora, 4 minutos
Rev. William Soto Santiago, Ph.D.
Lunes, 25 de mayo de 2009
Bogotá, Colombia
Muy buenas tardes, amables amigos y hermanos presentes y los que están a través del satélite Amazonas en el Canal WSS, y también los que están a través de internet en diferentes naciones.
Mi cordial saludo para el Senador Edgar Espinola Niño, y también para el señor Pedro Elías Vargas, Jefe de Prensa del Senador, y también para el doctor Salomón Cunha y la doctora Kélita Machado, que se encuentran en Jerusalén en estos momentos. Que las bendiciones de Cristo el Ángel del Pacto, sean sobre todos ustedes.
Para esta ocasión leemos en Segunda de Corintios, capítulo 6, versos 1 al 2, donde dice San Pablo:
“Así, pues, nosotros, como colaboradores suyos, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios.
Porque dice:
En tiempo aceptable te he oído,
Y en día de salvación te he socorrido.
He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.”
“HE AQUÍ HOY EL DÍA DE SALVACIÓN.” Ese es nuestro tema para esta ocasión.
San Pablo toma estas palabras del libro del profeta Isaías, del capítulo 49, verso 8 en adelante que dice:
“Así dijo Jehová: En tiempo aceptable te oí, y en el día de salvación te ayudé; y te guardaré, y te daré por pacto al pueblo, para que restaures la tierra, para que heredes asoladas heredades;
para que digas a los presos: Salid; y a los que están en tinieblas: Mostraos. En los caminos serán apacentados, y en todas las alturas tendrán sus pastos.
No tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el sol los afligirá; porque el que tiene de ellos misericordia los guiará, y los conducirá a manantiales de aguas.”
Esta profecía de Isaías, vean ustedes cómo el apóstol San Pablo la muestra siendo cumplida en el Nuevo Testamento.
“HE AQUÍ EL DÍA DE SALVACIÓN.”
El día de salvación como dispensación, es la Dispensación de la Gracia que se abrió en el tiempo de la Cruz del Calvario donde Cristo fue crucificado; y allí, vean lo que sucedió conforme a Zacarías, capítulo 13, verso 1, donde dice:
“En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia.”
Allí en la Cruz del Calvario se abrió esa fuente y la Sangre de Cristo brotó para la purificación del pecado y de la inmundicia; y desde allí el Día de salvación que corresponde a la Dispensación de la Gracia, se abrió para que todo aquel que cree en Cristo no se pierda, mas tenga Vida eterna.
El día de la Gracia o Dispensación de la Gracia le ofrece al ser humano la oportunidad de obtener el perdón de sus pecados, y de ser limpio de todo pecado y obtener la salvación y Vida eterna. Todo esto por medio del Señor Jesucristo. Y así el ser humano estará en paz para con Dios, el Creador de los Cielos y de la Tierra. Por eso es que el apóstol Pablo en Romanos, capítulo 5, verso 1, nos dice:
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.”
Es por medio de nuestro Señor Jesucristo que tenemos paz para con Dios, y por consiguiente la paz en nuestra alma se hace una realidad. Por eso también el apóstol Pablo nos dice en Efesios, capítulo 2, versos 14 en adelante:
“Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación,
aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz.”
Dios por medio de Cristo hace la paz del ser humano con Dios. Cristo es nuestra paz. Y ahora, continuamos viendo, dice:
“Y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.
Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca...”
Las buenas nuevas de paz son anunciadas por Cristo y luego por los apóstoles, y por todos los ministros que predican el Evangelio de Cristo desde los días de los apóstoles hasta este tiempo final. Por eso el apóstol Pablo nos dice que él y todos los ministros son embajadores de Dios. Y la embajada es la Iglesia del Señor Jesucristo, embajadores de Dios clamando, rogando a las personas reconciliarse con Dios por medio de Cristo nuestro Salvador.
“Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.”
Y ahora, por medio de la predicación del Evangelio de Cristo, que da a conocer todo el misterio de la primera Venida de Cristo y Su muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados, obtenemos el conocimiento de la salvación para nuestra alma por medio de Cristo. Por eso es que el Evangelio de Cristo es señalado como el Evangelio de nuestra salvación. Y también dice el apóstol San Pablo en Efesios, capítulo 6, verso 15:
“Y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz.”
El Evangelio de Cristo es el Evangelio de la paz para el alma del ser humano, da a conocer las buenas nuevas, las buenas noticias de la reconciliación del ser humano con Dios por medio de Cristo y Su Sacrificio en la Cruz del Calvario. Por eso es tan importante el Evangelio de Cristo para la raza humana.
Si queremos ciudadanos buenos que sirvan a la nación, a la comunidad, y que no traigan problemas a su comunidad y a su nación, la medicina perfecta es el Evangelio de Cristo, el Evangelio de la paz, que enseña la cultura de paz más avanzada que el ser humano puede recibir. Si todos los seres humanos fueran cristianos, habría paz.
Ahora, veamos en el libro de los Hechos, capítulo 10, lo que nos dice en el verso 36:
“Dios envió mensaje a los hijos de Israel, anunciando el evangelio de la paz por medio de Jesucristo; éste es Señor de todos.”
Y ahora, Dios por medio de Jesucristo anunció el Evangelio de la paz para los seres humanos, y continuaron los apóstoles anunciando el Evangelio de la paz; y hasta nuestro tiempo continuamos anunciando el Evangelio de la paz para el ser humano.
Cuando el ser humano escucha la predicación del Evangelio de Cristo, el Evangelio de la paz, el Evangelio de nuestra salvación en el Día de salvación, o sea, en la Dispensación de la Gracia, nace la fe de Cristo en su alma, cree en Cristo y luego da testimonio público de su fe en Cristo, recibiéndole como su único y suficiente Salvador. Porque la fe viene por el oír, ¿el oír que? El Evangelio de la paz, el Evangelio de nuestra salvación, el Evangelio de Cristo. “Y con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” Eso es lo que nos dice San Pablo en Romanos, capítulo 10.
Y ahora, se confiesa a Cristo públicamente como nuestro único y suficiente Salvador, ¿para qué? Para salvación y Vida eterna. Cristo dijo: “El que me confesare delante de los hombres, yo le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Mas el que me negare delante de los hombres, yo lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos.”
Cuando la persona recibe a Cristo, es bautizado en agua en Su Nombre y Cristo lo bautiza con Espíritu Santo y Fuego, ocurre el milagro más grande que puede suceder en la vida de una persona, ¿cuál es ese milagro? Es el milagro del cual Cristo le habló a Nicodemo en el capítulo 3 de San Juan, verso 1 a 6, donde le dice: “De cierto, de cierto te digo, que es necesario nacer de nuevo.”
Nicodemo piensa en el nacimiento natural que él tuvo por medio de su madre, como todos nacemos en esa forma natural a través de la unión del padre y la madre, y pensó que tenía que nacer de nuevo a través del vientre de su madre, y le pregunta a Cristo: “¿Cómo puede hacerse esto, cómo puede ser hecho esto? ¿Puede acaso el hombre ya siendo viejo, entrar en el vientre de su madre y nacer?” Cristo le dice: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar al Reino de Dios.”
Así como para entrar a esta dimensión terrenal donde tenemos el privilegio de vivir para hacer contacto con la Vida eterna, para poder obtener luego el nuevo nacimiento del cual habla Cristo, vean, para usted y yo vivir en esta Tierra, ¿qué tuvimos que hacer? Nacer.
Para entrar al Reino de Dios, ¿qué tenemos que hacer? Nacer de nuevo, nacer en el Reino de Dios del Agua y del Espíritu, dice Cristo a Nicodemo. Nacer del Agua es nacer de la predicación del Evangelio de Cristo, por eso Cristo dijo a Sus discípulos en San Marcos, capítulo 16, versos 15 al 16:
“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.
El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.”
Tan simple como eso: creer para Vida eterna, o no creer para ser condenado.
Ahora, nacer del Agua es nacer del Evangelio de Cristo, del Evangelio de la paz; y nacer del Espíritu es nacer del Espíritu Santo, recibir el Espíritu Santo, y así la persona nace en el Reino de Cristo, entra al Reino de Cristo.
No hay otra forma para entrar al Reino de Cristo, es naciendo de nuevo. Y esto corresponde al Día de salvación, que es la Dispensación de la Gracia que se abrió en los días de Jesús y San Pedro y los apóstoles; y está abierta todavía esa puerta que fue abierta por Pedro el Día de Pentecostés, la puerta de la Dispensación de la Gracia y la puerta es Cristo.
Pedro con la revelación que recibió del Cielo de que Jesucristo era el Hijo de Dios, lo dio a conocer luego el Día de Pentecostés, dio a conocer todos los detalles de la primera Venida de Cristo y Su muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por el pecado; y quedó abierto el misterio de la primera Venida de Cristo, misterio que no era comprendido mientras Cristo estaba en Su ministerio terrenal, excepto por Jesucristo.
Aunque los apóstoles sabían que Jesús era el Cristo, el Mesías, el Rey de Israel, no conocían el misterio de Su primera Venida y Su Obra de Redención como el Cordero de Dios para morir y efectuar el Sacrificio de Expiación por el ser humano.
Eso era un misterio no entendido, porque ellos esperaban y creían en la Venida del Mesías mientras estaba con ellos, para restaurar el Reino de David, el que es el reino de Israel; y por eso aún luego de Cristo resucitar, y ya el día que tenía que subir al Cielo (ascender al Cielo), el día número cuarenta luego de Su resurrección, le preguntan a Cristo en el libro de los Hechos, capítulo 1, verso 6 al 9:
“Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?
Y les dijo: No os toca a vosotros saber (conocer) los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad.”
Para aquel tiempo, no era el momento para conocer todo esto de la restauración del reino a Israel, que será la restauración del Reino de David al pueblo hebreo, lo cual corresponde a la segunda Venida de Cristo.
Y ahora, ellos (los discípulos del Señor Jesucristo) no habían comprendido que la Venida del Señor tiene dos partes: Su primera para venir como Cordero, para sufrir por nuestros pecados, tomando nuestros pecados y efectuar la Obra de Expiación en la Cruz del Calvario; y Su Segunda Venida será como Rey para restaurar el Reino de Dios en la Tierra, restaurar el Reino de David al pueblo hebreo, y así establecer el Reino el Mesías, que será el Reino de Dios en la Tierra, y que no será un Reino nacional sino mundial. Gobernará sobre el pueblo hebreo y sobre todas las naciones. Su Tronó estará en Jerusalén y es llamado el Trono de David, y Su Reino gobernará sobre Israel y sobre todas las naciones, y será por consiguiente el primer Reino o Imperio que cubrirá todas las naciones del planeta Tierra.
Hubo en el pasado muchos imperios que cubrieron grandes territorios, cubrieron grandes naciones, pero el único Imperio es el del Mesías, el cual cubrirá el planeta Tierra completo.
¿Y por qué esto será así? Porque el Mesías Príncipe tiene unos cuatro Títulos. Mencionemos cuatro Títulos de Hijo: Hijo de David, con el cual Él es el heredero al Trono de David y Reino de David, y tiene que ver con el Reino y ese territorio de Israel.
Pero también tiene el Título de Hijo de Abraham, y tiene el Título de Hijo de Dios; como Hijo de Dios Él es el heredero a los Cielos y a la Tierra. Por eso Cristo dijo: “Todo poder me es dado en el cielo y en la tierra.” (San Mateo, capítulo 28, verso 16 al 20).
Y también Él tiene el Título de Hijo del Hombre. Como Hijo de Hombre o del Hombre, ese Título tiene que ver con el ministerio de profeta, como Hijo del Hombre Él es el Profeta.
Pero, ¿qué tiene que ver con el Reino esto? Como Hijo del Hombre Él es el heredero del planeta Tierra con todo lo que tiene y por esa causa Su Reino será mundial, porque como Hijo del Hombre Él heredera el planeta Tierra completo. Él con Su muerte en la Cruz del Calvario redimió el planeta Tierra completo, Su Sangre tocó la tierra.
Así como la Sangre de Cristo nos limpia de todo pecado cuando es aplicada por el Espíritu Santo en nuestra el alma, así también, vean, tocó la Tierra. Cristo es el Redentor. Esta Tierra va a ser libertada de la esclavitud de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios, esa libertad gloriosa en donde los hijos de Dios que murieron en las edades pasadas, serán resucitados en cuerpos eternos y glorificados y jóvenes, como el cuerpo de nuestro amado Señor Jesucristo.
Y los que estén vivos en ese tiempo en que ocurra la resurrección de los muertos en Cristo, serán transformados, y entonces todos seremos jóvenes, seremos inmortales, tendremos un cuerpo glorificado como el cuerpo glorificado de Jesucristo nuestro Salvador, entonces seremos completamente a imagen y semejanza de Jesucristo nuestro Salvador. Esa es la meta de Dios por medio de Cristo para con aquellos que reciben a Cristo como único y suficiente Salvador.
Vean, esta meta está claramente expresada aquí en Filipenses, capítulo 3, verso 20 al 21:
“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos...”
Pero cualquier persona puede decir: “No, mi ciudadanía está en el país que yo nací.” Esa es la ciudadanía de su nacimiento físico, pero la ciudadanía del nuevo nacimiento es del Cielo, porque el nuevo nacimiento es del Cielo. Por lo tanto, su ciudadanía celestial es de la Nueva Jerusalén, de la Jerusalén celestial.
“...de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;
el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra (¿ven? Va a transformar nuestros cuerpos físicos), para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya (o sea, para que sea nuestro cuerpo igual a Su cuerpo glorificado), por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”
Con ese poder Él va a transformar a todos los creyentes que estarán vivos cuando Él efectúe la resurrección de los muertos creyentes en Él. Por lo tanto, yo estoy esperando ese nuevo cuerpo, ¿y quién más? Cada uno de ustedes también. No es solamente para mí, es para ustedes también.
Recuerden que la Escritura nos dice en Romanos, capítulo 8, verso 14 en adelante, que somos herederos de Dios y coherederos con Cristo Jesús Señor nuestro. A todo lo que Cristo es heredero, también nosotros somos coherederos con Él. Por ejemplo, Él dice: “Yo soy la luz del mundo,” y luego dice: “Vosotros sois la luz del mundo.”
Él también nos enseña que Él es Rey, la Escritura nos enseña que es el Rey de reyes y Señor de señores, pero también el libro del Apocalipsis dice que Él nos ha redimido con Su Sangre, nos ha limpiado de todo pecado y nos ha hecho para nuestro Dios Reyes y Sacerdotes, y reinaremos sobre la Tierra; o sea, que todos los redimidos con la Sangre de Cristo en el Día de salvación, en la Dispensación de la Gracia, han sido hechos por Cristo Reyes y Sacerdotes.
¿Y qué significa esto para nosotros, para el creyente en Cristo? Que la persona pertenece a la realeza del Reino del Mesías, pertenece a la realeza del Reino de Dios, pertenece a la realeza del Cielo, de donde Cristo es el Rey de reyes y Señor de señores, y está sentado a la diestra de Dios. Y también dice que Él nos ha sentado con Él en lugares celestiales, estamos sentados con Él en lugares celestiales en Cristo Jesús.
Son los creyentes en Cristo el gabinete del Reino de Cristo, para reinar con Cristo por el milenio y por toda la eternidad. Y también son Sacerdotes. ¿Y de qué orden sacerdotal son? No del orden de Aarón, sino del Orden celestial, del Orden de Melquisedec, que es el Orden que opera en el Cielo, en la Jerusalén celestial, en el Templo celestial; y de ese Orden Cristo es el Sumo Sacerdote, el cual con Su propia Sangre intercede por nosotros ante el Padre.
Por lo tanto, en el Reino del Mesías estaremos como Reyes y como Sacerdotes también, y Cristo es Rey y es Sacerdote también. Y no sólo eso, San Pablo nos da más información acerca de los creyentes en Cristo, y nos dice en Primera de Corintios, capítulo 6, verso 2 en adelante:
“¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas?
¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?”
Por lo tanto, los creyentes en Cristo nacidos de nuevo pertenecen también al poder judicial del Reino del Mesías, pertenecen al poder judicial del Cielo. Y ese es el Orden que va a ser establecido en la Tierra en la venida del Reino de Dios a este planeta Tierra; por eso es tan importante lo que Cristo dijo enseñando a Sus discípulos a orar, cuando les dijo que orando una de las cosas que tenían que pedir era: “Venga tu reino, hágase tu voluntad como en el cielo también en la tierra (o aquí en la Tierra).”
Es el Orden celestial que va a ser establecido en la Tierra, y por consiguiente las personas a cargo del establecimiento y operación de ese orden celestial en la Tierra, será Cristo y Sus redimidos, Cristo y Su Iglesia. Su Iglesia es el gabinete de Cristo, del orden político, del orden religioso y del orden judicial.
Así que, el privilegio es grande para todos los creyentes en Cristo, los cuales lo han recibido como su único y suficiente Salvador en el Día de salvación, o sea, en la Dispensación de la Gracia.
La persona al escuchar la predicación del Evangelio del Reino o del Evangelio de Cristo, experimenta la Voz de Cristo acá en su alma, sabe que Cristo le está hablando directamente en su corazón, en su alma, pues Cristo dijo: “Mis ovejas oyen mi voz y me siguen; y yo las conozco, y yo les doy vida eterna.”
Escuchan Su Voz acá, sienten acá Su mensaje, saben que Cristo les está hablando por medio de Su Evangelio, el Evangelio de nuestra salvación. Cristo dice: “Y yo les doy Vida eterna.” (San Juan, capítulo 10, verso 27). Y también en San Juan, capítulo 8, verso 47, Cristo dice: “El que es de Dios, la voz de Dios oye.”
Por lo tanto, las personas que escuchan la predicación del Evangelio de Cristo, tienen su nombre escrito en el Cielo, en el Libro de la Vida, y por eso en las actividades de predicación se interesan y escuchan la predicación del Evangelio de Cristo; y eso llega a su alma, algo que realmente necesita todo ser humano: alimento para su alma; porque no solamente de pan vivirá el hombre, el pan físico es para el cuerpo físico, pero para el alma usted no puede ir a la tienda a comprar pan, arroz o carne para darle a su alma, ¿cómo le va a dar esa comida a su alma? Solamente se la puede dar a su cuerpo físico. Pero Cristo dijo:
“No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”
Ese es el alimento para el alma de la persona. (San Mateo capítulo 4 y también Deuteronomio, capítulo 8, verso 1 en adelante).
Así que, necesitamos alimentar nuestra alma así como alimentamos nuestro cuerpo. Y que tengamos más hambre, más deseo de comer el alimento espiritual que el alimento físico.
El alimento *físico lo comemos normalmente tres veces al día, aunque hay algunos que comen como cinco o siete veces al día. Pero el alimento espiritual, hay algunas personas que puede pasar una semana y no comen alimento espiritual, y se debilitan espiritualmente, y llega el tiempo en que después dicen “ No sé si hay Dios, si lo hay o no lo hay.” ¿Por qué? Porque se debilitaron espiritualmente, perdieron la fe, y van muriendo espiritualmente.
El rey David decía que él se presentaba ante Dios ¿cuántas veces al día? Siete veces al día; ese sí que tenía buen apetito y mucha hambre de alimento espiritual para su alma. Era un rey conforme al corazón de Dios, y también decía: “Yo tengo sed, sed del Dios vivo.”
Ahora, la Escritura nos dice que vendrá hambre y sed sobre la Tierra, pero dice que será “hambre y sed, no de pan y agua, sino de oír la palabra del Señor.” (Amós, capítulo 8, verso 11).
Estamos en un tiempo en que hay hambre y sed en el alma de las personas, y estamos en el Día de salvación, donde hay alimento espiritual para el alma de las personas. Este es el tiempo más glorioso de todos los tiempos, el tiempo de salvación para toda persona que escuche el Evangelio de Cristo y lo recibe como su único y suficiente Salvador.
Hubo un hombre en una ciudad en donde Pablo estuvo preso; y Pablo y Silas cantaban con gozo allí en la cárcel, y a medianoche hubo un terremoto y se abrieron las puertas de la cárcel, se estremeció el edificio y el carcelero pensó que todos se habían ido y se iba a matar. Pero el apóstol Pablo clama, grita, y dice: “¡No te hagas ningún daño, todos estamos aquí!”
Y este hombre fue alumbrando, llegó hasta donde estaba Pablo y Silas, se postró ante ellos, se arrodilló ante ellos, y les dice a ellos: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” Y Pablo y Silas le dicen: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa.”
Es importante que nosotros estemos interesados en nuestra salvación, la salvación del alma. El ser humano es alma, espíritu y cuerpo. El cuerpo físico es temporero, el espíritu es un cuerpo de otra dimensión: de la dimensión de los espíritus, pero el alma es lo que en realidad es la persona: alma viviente. Por eso es que Cristo dijo en el capítulo 16 de San Mateo, versos 26 al 28:
“Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?
Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.”
Se habla por esa causa de la salvación del alma; el mismo Cristo habla de la salvación del alma, porque el ser humano es alma, alma viviente, y vive en un cuerpo espiritual llamado el espíritu, y vive en un cuerpo físico de carne. Si muere nuestro cuerpo físico, continuamos viviendo en el cuerpo espiritual.
Por lo tanto, es importante que nos ocupemos con temor y temblor de la salvación de nuestra alma, de lo que en realidad somos nosotros; por lo cual y para lo cual se predica el Evangelio de la paz, el Evangelio de Cristo, el Evangelio de nuestra reconciliación con Dios. Y cuando el ser humano ha recibido a Cristo, ha quedado reconciliado con Dios y tiene paz para con Dios, la angustia existencial desaparece, porque ya sabe que vino de Dios, está aquí en la Tierra para y por un propósito divino: para escuchar la predicación del Evangelio de Cristo y obedecer, y ser rociado con la Sangre de Cristo y ser limpiado de todo pecado.
Y la persona luego sabe que cuando termina esta vida terrenal, que es temporera, estará viviendo eternamente en el Reino de Dios y por consiguiente tiene asegurado su futuro eterno. Con quien único usted puede asegurar su futuro eterno es con Jesucristo.
La Escritura dice que Dios nos ha dado Vida eterna, y esta vida está en Su Hijo, o sea, en Jesucristo. El que tiene al Hijo, tiene la vida (la Vida eterna); el que no tiene al Hijo (porque no lo ha recibido como Salvador), no tiene la Vida eterna, lo que tiene es una vida temporera que se le va a terminar y no sabe cuándo se le va a terminar; porque se le puede terminar siendo un niñito, o un bebé, o siendo un joven, o siendo ya una persona adulta que se preparó en la Universidad, ya tiene su profesión y ya cree que tiene su futuro asegurado, y de momento en un accidente o por alguna enfermedad muere, y ahí terminaron sus días.
Como único podemos tener asegurado nuestro futuro eterno, es con Cristo nuestro Salvador. El que no asegura su futuro eterno con Cristo, no sabe hacia dónde va después que muera, no tiene futuro. Pero los que han creído en Cristo y lo han recibido como su único y suficiente Salvador, tienen su futuro asegurado con Cristo en Su Reino eterno, Reino que será establecido en este planeta Tierra.
¿Qué debo hacer para ser salvo en este Día de salvación? “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa.” Son las palabras del apóstol Pablo al carcelero, y el carcelero creyó con su familia, fueron bautizados y estaban agradecidos a Dios que habían creído en Cristo.
Es motivo de darle gracias a Dios, de agradecimiento hacia Dios haber creído en Cristo, que haya venido la fe de Cristo a nuestra alma por medio del Evangelio de Cristo.
Ahora, conscientes de que todavía estamos en el Día de salvación, que es la Dispensación de la Gracia, todavía hay oportunidad para los que todavía no han recibido a Cristo como Salvador para que lo reciban, porque ya nació la fe de Cristo en su alma al escuchar la predicación del Evangelio de Cristo.
Ya usted está consciente que la fe nació en su corazón, que está creyendo en Cristo, pero con la boca se confiesa para salvación.
Ahora usted tiene la oportunidad de confesar públicamente a Cristo como su único y suficiente Salvador, para lo cual puede pasar acá al frente y estaremos orando por usted. Y los que están en otras naciones también pueden pasar al frente en donde ustedes se encuentran: en auditorios o en iglesias o en sus propios hogares, para que queden incluidos en esta oración que estaremos haciendo por los que están recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador, para que así en este Día de salvación quede asegurado su futuro eterno con Cristo en Su Reino eterno.
No podemos perder todas esas bendiciones que Cristo tiene para mí, ¿y para quién más? Para cada uno de ustedes. Todos tenemos la misma oportunidad, la misma oportunidad para recibir la salvación y Vida eterna por medio de Cristo nuestro Salvador. El mismo Cristo dijo:
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” (San Lucas, capítulo 19, verso 10). Y San Mateo, capítulo 18, verso 11 al 14: “Porque no es la voluntad de nuestro Padre celestial, que se pierda ninguno de estos pequeñitos.” La voluntad de Dios es que todos procedan al arrepentimiento para obtener la salvación y Vida eterna.
Cristo tiene mucho pueblo en esta ciudad, en esta ciudad capital de la bella Colombia, y los está llamando en este tiempo final; y también tiene muchos hijos, mucho pueblo en toda la República de Colombia y los está llamando; y podemos decir en estos momentos que el Reino de Cristo se está llenando de colombianos, y eso es una bendición para Colombia.
¿Y por qué es una bendición para Colombia? Cuando Dios visitó a Abraham con Sus dos Arcángeles Gabriel y Miguel el día antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra, comió con Abraham o almorzó con Abraham, y luego los Ángeles se fueron a Sodoma y cenaron con Lot; pero Dios se quedó con Abraham. Y Dios dice, capítulo 18 y capítulo 19 del Génesis, dice: “¿Encubriré Yo a Abraham lo que Yo voy a hacer?”
Y entonces le da a conocer a Abraham para lo cual Él había descendido, porque el clamor de Sodoma y Gomorra había llegado hasta la presencia de Dios, y ahora venía en una investigación de juicio, para luego traer el juicio sobre Sodoma y Gomorra. Y le dice Abraham a Dios: “Señor, ¿destruirás tú al justo con el injusto? No haga así el Juez de toda la tierra. Si hay cincuenta justos allí, ¿destruirás tú la ciudad?” Dios le dice: “No la destruiré, por amor a ellos.” Por amor a cincuenta personas justas Dios no destruiría a Sodoma y Gomorra.
Y Abraham le dice: “Pero si no hay cincuenta, sino solamente cuarenta.” Dios le dice: “No la destruiré.”
–“Y si no hay esa cantidad, sino menos.”
– “Tampoco la destruiré.”
Y así Abraham va bajando el número de los justos que puedan estar en la ciudad, y Dios le dice que por amor a ellos no destruirá la ciudad. Hasta que Abraham llega al número diez: “Quizá voy a hablar por última vez a mi Señor: si hay solamente diez justos en la ciudad ¿la destruirás?” Dios le dice: “No la destruiré por amor a esos diez justos.”
Miren la bendición tan grande que hay para una nación que haya personas justas que han sido justificadas por Cristo, esa es la protección de toda nación: que haya en ellas personas justas, personas creyentes en Cristo que han sido justificados por Cristo, justificados por la fe en Cristo. Dios cuida esa nación o esas naciones que tienen esas personas justas.
Así que, vean ustedes cómo proteger nuestras naciones latinoamericanas: llevando el Evangelio de Cristo para que reciban a Cristo como Salvador, y esas personas obtengan la salvación, son personas luego que luego oran a Dios por su nación, para que Dios tenga misericordia y traiga las bendiciones del Cielo a su nación.
Es un privilegio y bendición ser un creyente en Cristo. Y es el seguro completo de nuestro futuro eterno, Él es nuestra paz, Él es la Vida eterna, Él es nuestra seguridad, Él es nuestra esperanza, Él es nuestra vida.
Todavía hay más personas que como ustedes vienen de camino, las cuales quieren vivir eternamente como ustedes, y en este Día de salvación están aprovechando la oportunidad para obtener la salvación y Vida eterna a través de Cristo.
En las demás naciones también pueden continuar viniendo a los Pies de Cristo, para que queden incluidos en la oración que estaremos haciendo por todos los que están recibiendo a Cristo como su único y suficiente Salvador.
Los niños de diez años en adelante también pueden venir a los Pies de Cristo. Cristo tiene lugar en Su Reino para los niños también. Pues Él dijo: “Dejad a los niños venir a mí; y no se lo impidáis, porque de los tales es el Reino de los cielos.”
Vamos a estar puestos en pie para orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo. Si falta alguno por venir, venga, porque Cristo le está esperando. Ya Él le habló a su corazón a través de Su Evangelio, y ahora le toca a usted dar testimonio público de su fe en Cristo, confesar públicamente a Cristo como su único y suficiente Salvador para salvación de su alma.
Vamos a preguntar aquí a los que están en las cámaras si en las demás naciones ya están listos también. Ya estamos listos en las demás naciones. Si falta alguno de los que están aquí presentes, si quiere venir a los Pies de Cristo puede venir.
Recuerde: el Reino de Dios se está llenando de colombianos y de latinoamericanos que en todas las naciones están recibiendo a Cristo en estos momentos.
Cristo dijo algo muy importante que nos da una idea de lo que está pasando en el Cielo en estos momentos, Cristo dijo que hay gozo en el Cielo cuando un pecador se arrepiente. Y eso nos da una idea del gozo que hay en el Cielo en estos momentos cuando todos ustedes están viniendo a los Pies de Cristo.
Hay gozo en el Cielo, pues es como un padre de familia que tiene hijos y se van a otro país lejano, y pasan los años y no ve a esos hijos, y de momento llegan esos hijos a la casa y causan un regocijo en el padre de familia.
Ustedes están regresando a la Casa de Dios, al Padre celestial, y hay gozo en la Casa del Padre celestial, hay gozo entre los ángeles, hay gozo en Cristo, hay gozo en Dios al ustedes estar regresando al Reino de Dios. Y hay gozo también en mí al verlos venir a los Pies de Cristo nuestro Salvador, hay gozo en todos los que aquí estamos presentes.
Con nuestras manos levantadas al Cielo, a Cristo, y nuestros ojos cerrados los que están presentes y los que están en otras naciones, los que han venido a los Pies de Cristo en estos momentos, repitan conmigo esta oración:
Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi corazón. Creo en Ti con toda mi alma, creo en Tu primera Venida, creo en Tu muerte como el único Sacrificio de Expiación por nuestros pecados. Creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el Cielo, dado a los hombres en que podemos ser salvos.
Reconozco que soy pecador y necesito un Salvador. Doy testimonio público de mi fe en Ti y Te recibo como mi único y suficiente Salvador. Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y me bautices con espíritu Santo y Fuego luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre y sea producido en mí el nuevo nacimiento. Quiero nacer en Tu Reino, quiero vivir eternamente contigo en Tu Reino eterno. Sálvame, Señor, Te lo ruego en Tu Nombre eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén.
Y con nuestras manos levantadas a Cristo, al Cielo, todos decimos: ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! Amén.
Cristo les ha recibido en Su Reino, ha perdonado de todo pecado, porque ustedes le han recibido como vuestro único y suficiente Salvador.
Ustedes me dirán: “Quiero ser bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo lo más pronto posible, pues Él dijo: ‘El que creyere y fuere bautizado, será salvo.’¿Cuándo me pueden bautizar?” Es la pregunta de ustedes desde lo profundo de vuestro corazón.
Por cuanto ustedes han creído en Cristo, bien pueden ser bautizados. Y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento.
El agua en el bautismo no quita los pecados, es la Sangre de Cristo la que nos limpia de todo pecado; pero el bautismo en agua es un mandamiento del Señor Jesucristo.
El mismo Cristo fue bautizado por Juan el Bautista y los apóstoles también, y cuando Juan el Bautista no quería bautizar a Cristo, Cristo le dice: “Conviene que cumplamos toda justicia.” Y si Cristo necesitó ser bautizado, cuánto más nosotros. Nos conviene cumplir toda justicia.
En el bautismo en agua la persona se identifica con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección. Cuando la persona recibe a Cristo como Salvador, muere al mundo; y cuando el ministro lo sumerge en las aguas bautismales, tipológicamente está siendo sepultado; y cuando lo levanta de las aguas bautismales, está resucitando a una nueva vida: a la Vida eterna con Cristo en Su Reino eterno. Ese es el simbolismo, la tipología del bautismo en agua en el Nombre del Señor.
Los que escucharon la predicación de San Pedro el día de pentecostés, luego preguntaron a Pedro: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” Pedro les dice: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para cuantos están lejos y para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.” (Libro de los Hechos, capítulo 2, versos 31 al 48). Y fueron bautizados todos los que creyeron, que eran como tres mil personas, y fueron añadidos a la Iglesia.
Y ahora, ustedes también pueden ser bautizados. Y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento; y nos continuaremos viendo por la eternidad en el glorioso Reino de nuestro amado Señor Jesucristo.
Dejo al ministro, reverendo Alejandro Sarria, para que les indique hacia dónde dirigirse para colocarse las ropas bautismales y ser bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo.
Hay bautisterios, hay ropas bautismales y personas que les ayudarán y ministros que les bautizarán. Ha sido para mí un privilegio grande estar con ustedes en esta ocasión, dandoles testimonio de nuestro tema el cual es: “HE AQUÍ AHORA EL DÍA DE SALVACIÓN.”
Y ustedes han aprovechado este día de salvación para vuestras almas. Continúen pasando todos una tarde feliz, llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador.
“HE AQUÍ AHORA EL DÍA DE SALVACIÓN.”
