La adopción de la Iglesia del Señor Jesucristo
Domingo, 21 Junio, 2009 - Sao Paulo BRA - 0 seconds
Rev. William Soto Santiago, Ph.D.
Domingo, 21 de junio de 2009
San Pablo, Brasil
Muy buenos días, amables amigos y hermanos presentes, y los que están a través del satélite Amazonas o de internet en diferentes naciones.
Para esta ocasión leemos en Romanos, capítulo 8, verso 18 en adelante, donde el apóstol San Pablo nos habla de la manifestación de los hijos de Dios. Dice:
“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.
Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.
Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza;
porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.
Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora;
y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.”
Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla.
“LA ADOPCIÓN DE LA IGLESIA DEL SEÑOR JESUCRISTO,” ese es nuestro tema basado en lo que el apóstol San Pablo nos dice acerca de los creyentes en Cristo y su redención, su adopción.
En el tiempo de Jesús, encontramos que Él llevo a Pedro, Jacobo y Juan a un monte alto y se transfiguró delante de ellos; allí Cristo está mostrando el orden de Su segunda Venida. Aparecen allí Moisés y Elías, los cuales están prometidos para el tiempo final, los cuales son los dos Olivos de Zacarías, capítulo 4, versos 1 al 14; y también de Apocalipsis, capítulo 11, versos 3 en adelante.
Para el tiempo final se llegará a la etapa de la Edad de la Piedra Angular. Recuerden que para todo hay tiempo delante de Dios, y para la adopción de la Iglesia, que es la redención del cuerpo de todos los creyentes en Cristo, hay un tiempo determinado por Dios. Esto fue mostrado también en la vida de Abraham, el cual tenía la promesa de un hijo, pero no pudo tener ese hijo hasta el tiempo señalado por Dios: su hijo nació cuando tenía cien años. Pasaron dos jubileos en la vida de Abraham, en el segundo jubileo o año de jubileo, que es el año cien, vino el hijo prometido. Cada cincuenta años, el año cincuenta, es el año del jubileo conforme a Levítico, capítulo 25 (vamos a leerlo aquí), verso 8 en adelante, dice:
“Y contarás siete semanas de años, siete veces siete años, de modo que los días de las siete semanas de años vendrán a serte cuarenta y nueve años.
Entonces harás tocar fuertemente la trompeta en el mes séptimo a los diez días del mes; el día de la expiación haréis tocar la trompeta por toda vuestra tierra.
Y santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores; ese año os será de jubileo, y volveréis cada uno a vuestra posesión, y cada cual volverá a su familia.”
Ese año del jubileo es el año más importante, el año de la liberación; en la vida del ser humano cuando se llega al año cincuenta, se llegó al año de jubileo; y cuando se llega al año cien, se llegó a un segundo año de jubileo.
Abraham en su segundo año de jubileo recibió al hijo que Dios le había prometido; el cual representa a Cristo, Isaac tipifica a Cristo; y por esa causa es que el Mesías Príncipe es un hijo de Abraham tipificado en Isaac: es el Isaac mayor.
Y ahora, encontramos que la Iglesia del Antiguo Testamento, el pueblo hebreo bajo la Ley, tuvo su tiempo de año de jubileo, el cual cada cincuenta años celebraba. Durante todo el tiempo de la Dispensación de la Ley fueron enviados por Dios diferentes mensajeros, diferentes profetas. Cuando apareció Juan el Bautista se estaba viviendo en la Iglesia del Antiguo Testamento, en la séptima edad o séptima etapa.
Juan el Bautista fue el precursor de la Venida del Señor, y cuando aparece Jesús, es bautizado por Juan, el Espíritu de Dios vino sobre Jesús, y allí comenzó un ciclo divino correspondiente al año de jubileo. Por eso vino proclamando libertad a los presos, vino predicando, proclamando libertad: el año de la buena voluntad del Señor, año de jubileo; se llegó a la Edad de la Piedra Angular.
Los otros años sabáticos, cada siete años, el año séptimo era sabático, era de reposo para la tierra, no se sembraba en ese año, pero luego de siete semanas de años, o sea, luego de cuarenta y nueve años llegaba el año cincuenta en donde se proclamaba libertad en toda la Tierra; y salían libres los esclavos, y las propiedades quedaban libres y regresaba su dueño original a su propiedad, porque la tierra no era vendida para siempre. El año cincuenta quedaba libre.
Así pasa en el Programa Divino para el año del jubileo de la Iglesia bajo el nuevo Pacto. De etapa en etapa de la Iglesia, Dios ha enviado diferentes mensajeros, uno para cada etapa, y han transcurrido siete etapas, siete edades entre los gentiles de la Iglesia del Señor. Para la séptima etapa apareció un hombre sencillo, pero con las dos conciencias juntas, el cual podía ver lo que nuestros ojos pueden ver, pero también lo que no pueden ver los ojos de los seres humanos, o sea, otra dimensión: la dimensión de los espíritus, donde están los ángeles; y también podía ver la dimensión de los espíritus malos, y también podía luchar contra ellos. Por eso tenía las actividades de sanidad divina en favor de las personas, como Jesús, que luchaba en contra del diablo y de las huestes del diablo.
Ese hombre fue enviado como Juan el Bautista para precursar la Venida del Señor en el Día Postrero; por lo tanto, apareció en la séptima etapa de la Iglesia, preparando el camino al Señor, preparando el camino para la Venida del Señor a Su Iglesia; porque la Iglesia del Señor Jesucristo tiene la promesa de la adopción, de la redención del cuerpo, que será la transformación de los vivos para tener un cuerpo eterno, inmortal, incorruptible y glorificado como el cuerpo glorificado de Jesucristo nuestro Salvador.
Así como Cristo fue glorificado, también lo serán todos los creyentes en Cristo nacidos de nuevo.
¿Y qué será de los muertos creyentes en Cristo? Ellos no están muertos, lo único que murió fue el cuerpo físico de ellos. Pero ellos en cuerpo espiritual están en el Paraíso, en el mundo de los espíritus buenos, en el mundo o dimensión de los ángeles de Dios. Ellos están en la sexta dimensión, que es el Paraíso, con cuerpos parecidos a nuestros cuerpos pero de otra dimensión.
Un espíritu es un cuerpo, pero de otra dimensión; ellos están esperando por la redención, la adopción.
Ahora, hay una adopción espiritual en donde se obtiene una transformación. Esa es la adopción o redención que ocurre cuando la persona recibe a Cristo como Salvador, dando testimonio público de su fe en Cristo, es bautizada en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, Cristo lo bautiza con Espíritu Santo y Fuego, y produce en la persona el nuevo nacimiento. Esa es la adopción espiritual como hijo o hija de Dios en el Reino de Dios; de lo cual Cristo mismo habló cuando dijo en San Juan... la Escritura dice en San Juan, capítulo 1, versos 9 al 13:
“Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.
En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.
A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron (o sea, vino al pueblo hebreo).
Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios (a los que creen en Su Nombre, a los que le reciben le es dado potestad, le es dada potestad de ser hechos hijos de Dios);
los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.”
Cuando la persona nace en esta Tierra, no nace como un hijo de Dios, nace como un hijo de papá y mamá, y por consiguiente nace como un hijo del mundo. Cristo dijo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios.” Y luego le dice: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca del Agua y del Espíritu, no puede entrar al Reino de Dios.” (San Juan, capítulo 13, verso 1 al 6).
Toda persona desea entrar al Reino de Dios, el cual es eterno. Los que entran al Reino de Dios han sido adoptados, han sido redimidos, y por consiguiente han obtenido el nuevo nacimiento; nacieron en el Reino de Dios como hijos e hijas de Dios, y por consiguiente como miembros de la realeza celestial.
Recuerden que para ser un príncipe tienen que ser descendientes del rey. Y para ser un Príncipe en el Reino de Dios tiene que descender de Dios, porque Dios es el Rey de los Cielos y de la Tierra, y los hijos e hijas de Dios son príncipes y princesas de los cuales la Escrituras dice en Apocalipsis, capítulo 1, verso 5 al 6; y Apocalipsis, capítulo 5, verso 7 al 11; y Apocalipsis, capítulo 20, verso 4 al 6, que Cristo con Su Sangre nos ha limpiado de todo pecado y nos ha hecho para nuestro Dios Reyes y Sacerdotes.
Y ahora, todos los creyentes en Cristo han nacido del Cielo. Por eso el apóstol Pablo en Filipenses, capítulo 3, verso 20 al 21, dice:
“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador (o sea, a Cristo en Su Venida);
el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya.”
O sea, para tener un cuerpo glorificado como el que Él tiene, ¿y cómo lo va a hacer? Con el poder con el cual puede también sujetar así mismo todas las cosas. Él tiene el poder para hacerlo, y Él está glorificado; y así Él va a hacer con todos los creyentes en Él.
Esa es la promesa divina, va a ser así con los creyentes que ya murieron físicamente y están en el Paraíso en alma y espíritu: los va resucitar en cuerpos glorificados y eternos, y jóvenes para toda la eternidad; y a los vivos creyentes en Cristo, que estarán en esos días aquí en la Tierra, los va a transformar; y entonces ya no tendremos este cuerpo físico mortal, sino transformados, por consiguiente un nuevo cuerpo eterno, inmortal, glorificado y joven para toda la eternidad.
Y así es como entraremos físicamente al Reino de Dios; pero ya estamos en la esfera espiritual dentro del Reino de Dios. Su Reino está en la esfera espiritual, y por eso se entra primero en la esfera espiritual, naciendo del Agua y del Espíritu, o sea, naciendo de la predicación del Evangelio de Cristo y recibiendo el Espíritu de Cristo, así es el nuevo nacimiento; así es como se entra al Reino de Dios, al Reino de Cristo. Así es como Él nos ha trasladado del reino de las tinieblas a Su Reino glorioso.
Y ahora, por cuanto Dios tiene tiempo para todo lo que Él ha programado, para la adopción, la redención del cuerpo, Él tiene un tiempo. Él, predicando dijo en San Juan, capítulo 6 versos 39 al 40, de la siguiente manera:
“Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.
Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.”
La redención del cuerpo, que es la adopción física de cada hijo e hija de Dios, está señalada por el mismo Cristo, ¿para qué tiempo? Para el Día Postrero. ¿Y qué es el Día Postrero? Porque muchas ocasiones hemos escuchado muchos predicadores, que desde hace muchos años han estado diciendo: “Estamos en los días postreros.” Pues miren, estamos en los días postreros desde el tiempo de Jesucristo. “Porque un día delante del Señor es como mil años y mil años como un día,” dice el Salmo 90, verso 4 y Segunda de Pedro, capítulo 3, verso 8. Y aún más, el apóstol San Pablo nos dice en Hebreos, capítulo 1 de la siguiente manera, hablándonos de los días postreros; y vamos a leerlo para que podamos comprender mejor este misterio de los días postreros, capítulo 1, verso 1 al 3 de la carta de San Pablo a los Hebreos, dice:
“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas,
en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo;
el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las altura.”
En los días en que Jesús estaba predicando, era Dios en Jesús hablando al pueblo. Así como había hablado a través de los profetas, Dios por medio de Su Espíritu Santo habló a través de los profetas, y Dios por medio de Su Espíritu Santo habló a través de Jesús. Y San Pablo dice que esos días eran los postreros días. Vean:
“En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo (o sea, por Jesús), a quien constituyó heredero de todo...”
El Heredero del planeta Tierra con todo lo que tiene, el Heredero al Reino de David con el Trono de David y todo el pueblo, el Heredero de los Cielos y de la Tierra tiene un nombre: SEÑOR JESUCRISTO, ese es el Heredero de todas las cosas.
“...a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.”
Por medio de Cristo Dios creó el Universo. Pero cualquier persona puede decir: “Pero Jesús nació en Belén de Judea hace unos dos mil años.” Pero eso fue su cuerpo físico, pero su espíritu es eterno.
Por medio del cuerpo angelical de Cristo, llamado el Ángel del Pacto, y llamado también el Espíritu Santo. Recuerden que les dije que un espíritu es un cuerpo espiritual de otra dimensión. El Ángel del Pacto que le apareció a Moisés y libertó al pueblo hebreo, y que también le apareció a otros profetas del Antiguo Testamento; le apareció en forma de hombre también a Manoa y a Gedeón también: es el Espíritu Santo, o sea, es el cuerpo angelical de Cristo llamado el Ángel del Pacto, el Ángel de Jehová, llamado así en versiones bíblicas que usan el nombre Jehová.
En ese cuerpo es que Jesús dice, hablando de ese cuerpo, dice: “Antes que Abraham fuese, Yo soy.” ¿Cómo era Cristo antes de Abraham si Su cuerpo físico nació en Belén de Judea? Pero si Su cuerpo es antes de Abraham, es antes de Adán también. Dios a través de ese cuerpo angelical, que es Cristo en Su cuerpo angelical, llamado el Ángel del Pacto, creó los Cielos y la Tierra. Tan sencillo como eso.
“...por quien asimismo hizo el universo.”
Y ahora vean:
“...el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia...”
¿Quién es el resplandor de la gloria de Dios? Cristo. ¿Quién es la imagen misma de la sustancia divina? Cristo, el Ángel del Pacto.
“...y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.”
Y ahora, Cristo subió al Cielo glorificado y se sentó en el Trono de Dios. La primera vez que un hombre con un cuerpo, pero glorificado, se sienta en el Trono de Dios. Y ahora, Cristo sentado en el Trono de Dios es Rey. Por eso dice: “Todo poder me es dado en el Cielo y en la Tierra.” (San Mateo, capítulo 28, versos 16 en adelante).
Él está en el Cielo como Sumo Sacerdote en el Templo de Dios haciendo intersección por toda persona que lo recibe como Su Salvador, y la persona obtiene la redención, la adopción espiritual primero, y nace en el Reino de Cristo, y por consiguiente obtiene la Vida eterna, porque esa es la voluntad de Dios: que recibamos la Vida eterna.
“El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.” (San Juan, capítulo 5, verso 24).
Esa es la única forma de obtener la Vida eterna.
Y ahora, Cristo siendo el Ángel del Pacto prometido para venir a la Tierra en carne humana, sería el Mesías prometido. En Malaquías, capítulo 3, verso 1, dice que el Ángel del Pacto vendría. Por eso la Venida del Mesías sería la Venida del Ángel del Pacto en carne humana; por lo cual el cuerpo de carne en el cual vendría tenía que nacer en la Tierra, y nació en Belén de Judea. Miren aquí en el capítulo 3 de Malaquías, verso 1, dice:
“He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí (ese fue Juan el Bautista); y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros.”
¿Quién vendría? El Ángel del Pacto, el Señor; o sea, el Padre y el Ángel del Pacto, el Ángel de Dios; el Ángel del Pacto es el cuerpo angelical donde Dios mora y a través del cual creó los Cielos y la Tierra, pero ahora, la promesa es que va a venir entre los seres humanos en un cuerpo de carne; por lo tanto, Dios, el Padre y el Ángel del Pacto, que es el Espíritu Santo, van a estar en un cuerpo de carne y ese cuerpo de carne estará ungido por Dios, por el Espíritu Santo y ése será el Mesías.
Por eso cuando Jesús fue bautizado, vino el Espíritu Santo en forma de paloma y se posó sobre Jesús. Esa era la señal que le fue dicha a Juan el Bautista que vería cuando el Mesías Príncipe apareciera y fuera bautizado por Juan.
Ahora, estamos viendo quién es Jesucristo: es la persona más importante que ha venido a este planeta Tierra; llevó a cabo la Obra, la labor para la redención del ser humano, y está en el Cielo como Sumo Sacerdote del Templo celestial. Cuando haya entrado al Reino de Dios en la esfera espiritual, hasta la última persona que tiene su nombre escrito en el Cielo en el Libro de la Vida del Cordero, entonces Cristo habrá terminado Su labor de Sumo Sacerdote en el Cielo, habrá limpiado con Su Sangre a todos los escritos en el Libro de la Vida del Cordero, y se habrá completado por consiguiente, la Iglesia del Señor Jesucristo.
Luego al terminar esa labor, sale del Trono del Padre para ocupar la posición de Rey de reyes y Señor de señores, la posición del León de la Tribu de Judá, Rey de reyes y Señor de señores. Ya no estará como Cordero ni como Sumo Sacerdote, sino como León, como Rey. Y como Rey llevará a cabo la segunda parte de la adopción, de la redención del ser humano, que será la parte física: la redención del cuerpo, para tener todos un cuerpo eterno, inmortal, incorruptible, glorificado y joven para toda la eternidad. Así como Cristo tiene Su cuerpo glorificado, ya no puede morir más. Él tenía que morir una sola vez por el ser humano, y ya lo hizo.
Y ahora, muy pronto Él va a terminar Su Obra de Intercesión como Sumo Sacerdote en el Cielo, para llevar a cabo la otra parte de la redención, de la adopción, que será la resurrección de los muertos en Cristo en cuerpos glorificados, y la transformación mía, ¿y de quién más? De cada uno de ustedes también. Eso es lo que estamos esperando: la adopción de la Iglesia: la adopción de todos los miembros de la Iglesia del Señor Jesucristo.
Por eso es tan importante escuchar la predicación del Evangelio de Cristo, para que nazca la fe de Cristo en nuestra alma, porque la fe viene por el oír la Palabra de Dios, el Evangelio de Cristo; “y con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” Por eso se predica el Evangelio de Cristo: por mandato de Jesucristo mismo. Él dijo:
“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.
El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” [San Marcos 16:15-16]. Tan simple como eso.
Todo ser humano tiene la oportunidad de escuchar la predicación del Evangelio de Cristo. Y corresponde a la persona creer o no creer. Si no cree, será condenado dijo Cristo; si cree, será salvo. Tan simple como eso. Yo escogí a Cristo, creer en Cristo, ¿quién más? Cada uno de ustedes también, para salvación y Vida eterna.
Vean ustedes, en San Mateo Cristo dice en el capítulo 10, verso 32 y 33:
“A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.
Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.”
Todos queremos que Cristo nos confiese delante del Padre celestial, como personas que hemos creído en Cristo y lo hemos recibido como nuestro único y suficiente Salvador. Por lo tanto, todos hemos tenido la misma oportunidad de escuchar el Evangelio para que nazca la fe de Cristo en nuestra alma, y lo hemos recibido como nuestro único y suficiente Salvador, dando testimonio público de nuestra fe en Cristo. Lo hemos confesado públicamente como nuestro único y suficiente Salvador. Por lo cual Él nos ha confesado delante del Padre celestial como creyentes en Cristo.
Si hay alguno que todavía no lo ha recibido como Salvador, no ha dado testimonio público de su fe en Cristo, lo puede hacer en estos momentos y estaremos orando por usted, para que Cristo lo reciba en Su Reino y lo confiese delante del Padre celestial como un creyente en Él.
Para que Cristo pueda producir en usted la adopción, la redención espiritual, y luego, cuando resuciten los muertos creyentes en Él en cuerpos glorificados, luego lo transforme físicamente a usted también. Pueden continuar viniendo a los Pies de Cristo para dar testimonio público de su fe en Cristo. Los niños de diez años en adelante también pueden venir a los Pies de Cristo. Cristo es la única esperanza de Vida eterna para el ser humano. Cristo es el eslabón entre Dios y el ser humano, por eso Él dijo:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (San Juan 14:6).
Cristo es el Camino, Cristo es nuestra paz, Cristo es nuestro Sacrificio de Expiación por nuestros pecados. Cristo es nuestro Salvador, Él vino a la Tierra por mí, ¿y por quién más? Por cada uno de ustedes también. Él mismo dijo:
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” San Lucas, capítulo 19, verso 10; y San Mateo, capítulo 18, versos 11 al 14. Porque “no es la voluntad de nuestro Padre que está en los Cielos que se pierda uno de estos pequeñitos.” No es la voluntad de Dios que usted se pierda, la voluntad de Dios es que usted sea salvo por medio de Cristo, para que viva eternamente en el Reino de Dios.
En las demás naciones pueden también continuar viniendo a los Pies de Cristo, para que Cristo les reciba en Su Reino. Recibir a Cristo como nuestro Salvador es un asunto de Vida eterna. Recuerden que Él dijo: “Mis ovejas oyen mi Voz y me siguen, y Yo las conozco, y Yo les doy Vida eterna.” (San Juan, capítulo 10, versos 27 al 30). Y también ese mismo capítulo 10, versos 14 en adelante, Él dice: “Mis ovejas oyen mi Voz y me siguen.” Y dice:
“También tengo otras ovejas que no son de este redil...”
O sea, que no estaban allá en medio del pueblo hebreo, estaban entre los gentiles, dice:
“...aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.”
La Voz de Cristo es el Evangelio siendo predicado por el Espíritu Santo a través de seres humanos, a través de predicadores. Y el Redil del Señor es la Iglesia del Señor Jesucristo, y el buen Pastor es el Señor Jesucristo en Espíritu Santo en medio de Su Iglesia.
¿Y quiénes y cuáles son las ovejas? Todos nosotros. Por lo tanto el nombre de ustedes está escrito en el Cielo en el Libro de la Vida, por eso ustedes están escuchando la predicación del Evangelio de Cristo y ha nacido la fe de Cristo en vuestra alma.
En las demás naciones pueden continuar viniendo a los Pies de Cristo, y los niños de diez años en adelante también pueden venir a los Pies de Cristo, pues Cristo dijo hablando de los niños: “Dejad a los niños venid a mí, y no se los impidáis, porque de los tales es el Reino de los cielos.”
También Él dijo: “Si no fueres como un niño, no entrareis al reino de Dios.” ¿Y cómo podemos ser como un niño? ¿Y las damas ser como niñas? Eso se lo explicó Cristo a Nicodemo: naciendo de nuevo. ¿Pero no es que tienen que entrar en el vientre de su madre y nacer como preguntó Nicodemo? Es naciendo en el Reino de Dios por medio del nuevo nacimiento que produce el Espíritu de Cristo en todos aquellos que lo reciben como Salvador.
Cuando la persona nace de nuevo, nace como un bebé en el Reino de Dios, en el Reino de Cristo, y va creciendo espiritualmente.
Vamos a pedirle a los que están en las cámaras y las computadoras que nos indiquen cuando estén listos en las demás naciones. Si le fuera, si le es posible a México, Venezuela y otras naciones, Chile, pasar una imagen de lo que está sucediendo en sus naciones, pueden hacerlo si aquí tienen los equipos (ya van a pasar una imagen), porque en todos esos países también están escuchando la predicación del Evangelio de Cristo y están viniendo a los Pies de Cristo muchas almas que están escritas en el Cielo en el Libro de la Vida, y han escuchado la Voz de Cristo, el buen Pastor, el Evangelio de Cristo y están viniendo a los Pies de Cristo también.
Estamos en el tiempo final, pero en los días de Jesús, estamos en los días postreros. Los días postreros... por cuanto un día delante del Señor es como mil años y mil años como un día, estamos en los milenios postreros delante de Dios; ya han transcurrido dos días delante de Dios, que son dos milenios para los seres humanos.
Y ahora, estamos en el último de los días postreros, o sea, en el tercer milenio de Cristo hacia acá; ese es el Día Postrero del cual Cristo dijo: “Y Yo lo resucitaré en el Día Postrero.” Eso es para todos los creyentes en Cristo que su cuerpo físico ha muerto.
Ahora estamos viviendo en el Día Postrero, en el milenio postrero; de Adán hacia acá, es el séptimo milenio; de Cristo hacia acá, es el tercer milenio en donde Cristo completará Su Iglesia, Su rebaño, resucitará a los muertos creyentes en Él, y a los vivos creyentes en Él los transformará; y eso será la adopción de la Iglesia del Señor Jesucristo, todos con cuerpos eternos y glorificados, todos dentro del Reino de Dios físicamente, iguales a Jesucristo. Recuerden que a todo lo que Cristo es heredero, también lo son todos los creyentes en Cristo. Vean, Cristo dijo:
“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” [San Juan 8:12].
Y luego en otra ocasión dice a los creyentes en Él:
“Vosotros sois la luz del mundo.” [San Mateo 5:14].
Todo lo que Cristo es, lo son también los creyentes en Él.
La Escritura dice que Jesucristo es el Heredero de todo. En Romanos, capítulo 8, versos 14 en adelante dice que somos herederos con Dios y coherederos con Cristo Jesús, Señor nuestro, o sea, que somos coherederos con Cristo; no heredamos nada, a menos que sea con Cristo: coherederos con Cristo.
Por lo tanto, todos necesitamos a Cristo. Jesucristo es mi hermano mayor, ¿y de quién más? De cada uno de ustedes también. Él es el primogénito de la creación. Y también Él es el unigénito. Y eso no se puede quizás comprender fácilmente por algunas personas, pero es lo más sencillo.
Recuerden: si es primogénito tiene entonces más hermanos, somos nosotros. Y si es unigénito, Él es el único. ¿Y entonces cómo aparecen los demás hermanos? Por medio de Él, produciendo en ellos, en esas personas el nuevo nacimiento; nacen como hijos e hijas de Dios por medio de Jesucristo, el Unigénito Hijo de Dios. Él salió de Dios, y nosotros salimos de Dios a través de Cristo.
Es como los hijos de Abraham, los hijos de Abraham, del Pacto que Dios hizo con Abraham, vienen a través de Abraham, pero por medio de Isaac, Jacob y los patriarcas. Eso es con relación al Pacto que Dios hizo con Abraham, que le daría la tierra prometida a él y a su simiente, su descendencia.
Así que, todos son hijos de Abraham, pero no quiere decir que nacieron en aquel momento en que estaba viviendo Abraham, sino que vienen por la línea de la descendencia de Abraham. Y los Cristianos... la Escritura dice que todos los creyentes en Cristo son hijos de Abraham por medio de la fe en Cristo. ¿Ve lo sencillo que es? Los creyentes en Cristo nacidos de nuevo forman la Iglesia del Señor Jesucristo, y son herederos de Dios y coherederos con Cristo Jesús, Señor nuestro, herederos de la Vida eterna, herederos del Reino de Dios, herederos de todas las cosas. Son Reyes, Sacerdotes y Jueces del Reino de Dios; corresponde ese nivel de personas a la realeza, es la realeza en el Reino de Dios.
Recuerden que los miembros de la realeza son los miembros de la familia real, del rey y la reina. El Rey y la Reina tienen hijos, yo soy un hijo del Rey y la Reina, ¿y quién más? Cada uno de ustedes también; por eso somos Reyes, Sacerdotes y Jueces.
Vamos ya orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo. Vamos a estar puestos en pie, en las demás naciones también. Con nuestras manos levantadas al Cielo, a Cristo, y nuestros ojos cerrados los que están presentes y los que están en otras naciones, los que han venido a los Pies de Cristo en estos momentos repitan conmigo esta oración que estaremos haciendo:
Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi alma, en mi corazón. Creo en Ti con toda mi alma, con todo mi corazón; creo que Tú eres el Mesías Príncipe que has venido a la Tierra dos mil años atrás y has llevado a cabo la redención, has llevado a cabo el Sacrificio de Expiación por mis pecados y por los de todo ser humano al morir en la Cruz del Calvario. Creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados; creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el Cielo dado a los hombres en que podemos ser salvos. Reconozco que soy pecador y necesito un Salvador.
Señor, me rindo a Ti en alma, espíritu y cuerpo, y doy testimonio público, y Te recibo como mi único y suficiente Salvador. Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y me bautices con Espíritu Santo y Fuego y produzcas en mí el nuevo nacimiento. En Tus manos me encomiendo; sálvame, Señor, Te lo ruego en Tu Nombre eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén.
Con nuestras manos levantadas al Cielo todos decimos: ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado!
Cristo les ha recibido en Su Reino, ha perdonado vuestros pecados y con Su Sangre les ha limpiado de todo pecado, porque ustedes le han recibido como vuestro único y suficiente Salvador.
Ahora, ustedes preguntarán: “¿Cuándo me pueden bautizar? Porque Cristo dijo: ‘El que creyere y fuere bautizado será salvo.” El bautismo en agua no quita los pecados, es la Sangre de Cristo nuestro Salvador; pero el bautismo en agua es un mandamiento del Señor. En el bautismo en agua nos identificamos con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección; el mismo Cristo fue bautizado por Juan el Bautista para cumplir toda justicia; y si Cristo fue bautizado, cuánto más nosotros tenemos necesidad de ser bautizados y cumplir así con el mandato del Señor.
Aun los apóstoles también fueron bautizados por Juan el Bautista, y los apóstoles bautizaban a las personas que creyeron en Cristo, los cuales lo recibieron como Salvador, y aun el Día de Pentecostés como tres mil personas creyeron en Cristo cuando Pedro predicó y preguntaron: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” Pedro les dice: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el Nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo, porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para los que están lejos y para los que están cerca también. Para todos aquellos que el Señor nuestro Dios llamare.”
Es para todos la promesa del Espíritu Santo, pero antes se requiere el bautismo en agua, luego que las personas reciben a Cristo como Salvador.
En el bautismo en agua, les dije que la persona se identifica con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección, estábamos con Cristo cuando él estaba aquí en la Tierra. Así como nuestro cuerpo físico estaba en nuestro padre terrenal, así como Leví estaba en los lomos de Abraham, y Leví era el bisnieto de Abraham; porque el hijo de Abraham fue Isaac, y el hijo de Isaac fue Jacob, y uno de los hijos de Jacob fue Leví.
Así que miren la parte física del ser humano como viene pasando del abuelo al hijo del abuelo, al nieto del abuelo, hasta que llega a nosotros; así es la parte física de nuestro cuerpo terrenal.
Y ahora, estábamos todos nosotros en Cristo cuando Él estaba aquí en la Tierra, y por eso de Él es que viene el nuevo nacimiento que es producido en la persona que lo recibe como Salvador. Cuando nosotros recibimos a Cristo como Salvador, morimos al mundo; y cuando somos sumergidos en las aguas bautismales, tipológicamente estamos siendo sepultados; y cuando somos levantados de las aguas bautismales, estamos resucitando a una nueva vida, a la Vida eterna con Cristo en Su Reino eterno. Tan simple como esto es el simbolismo del bautismo en agua.
Por lo tanto, bien pueden ser bautizados. Y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento; y nos continuaremos viendo por toda la eternidad en el glorioso Reino de Jesucristo nuestro Salvador.
Que las bendiciones de Cristo, el Ángel del Pacto, sean sobre ustedes.
Continúen pasando todos una tarde feliz en este día de los padres, hoy domingo 21 de junio, día de los padres que se celebra en muchos países de la América Latina y de otros países también. Feliz día de los padres a todos los padres que me están escuchando.
Y ahora bien pueden ser bautizados. Y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego y produzca en ustedes el nuevo nacimiento.
Recuerden que la meta es el nuevo nacimiento, la meta es entrar al Reino de Dios, para así tener, obtener la Vida eterna. Todos queremos vivir eternamente, y lo más simple, lo más sencillo para entrar a la Vida eterna nos ha tocado a nosotros. La parte difícil le tocó a Dios llevarla a cabo a través de Cristo. Ahora la parte sencilla nos toca a nosotros: escuchamos el Evangelio de Cristo, nace la fe de Cristo en nuestra alma, y lo recibimos como nuestro único y suficiente Salvador.
Que Dios les continúe bendiciendo a todos, y continúen pasando una tarde feliz llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador.
Y recuerden: nos continuaremos viendo por toda la eternidad.
Con nosotros el reverendo Oswaldo Aparecido Natale para indicarles hacia dónde dirigirse para colocarse las ropas bautismales, y ser bautizados en agua en el Nombre del Señor. Y en cada país dejo al ministro correspondiente para hacer en la misma forma.
“LA ADOPCIÓN DE LA IGLESIA DEL SEÑOR JESUCRISTO.”
